PERSONAS ALTAMENTE SENSIBLES

Bienvenido a la primera entrada de mi blog.

Si estás leyendo estas líneas puede que sea porque te has sentido identificado con el título. Sea la razón que sea la que te ha traído hasta aquí espero poder compartir contigo una característica humana que no todas las personas han desarrollado de la misma manera.

No nos conocemos aun pero quiero decirte que soy una persona PAS o dicho de otro modo una persona altamente sensible.

Hasta hace poco ni siquiera sabía que “lo mío” tenía un nombre. Pensaba que yo era simplemente una persona que se conmovía fácilmente cuando le contaban historias tristes, pensaba que era una persona de las que llaman “de lagrima fácil”, alguien que simplemente escuchaba los problemas de los demás y se los llevaba a casa para seguir buscándoles una solución.

Mariposa

Pues “lo mío” tiene un nombre y le pasa a otras personas. Es más, nos sucede desde que somos niños y si no tenemos la suerte de tener a nuestro alrededor unos padres y tutores que conecten con esta característica, crecemos sintiéndonos diferentes al resto, más vulnerables, más afines a las desgracias de otros. En el colegio podemos llegar a pasarlo muy mal, ya que los demás no consiguen entender que hay de “raro” en nosotros y podemos dar la falsa imagen de ser unos niños débiles cuando en realidad no lo somos para nada. Todo lo contrario, somos capaces ante la crueldad de los demás, de seguir avanzando sin dar la espalda a nadie.

Al crecer, podemos haber pasado por distintas relaciones de pareja o incluso de amigos que nos han decepcionado, que nos han mirado muchas veces con total incomprensión, que han llegado incluso a insinuar que no estábamos muy bien de la cabeza. Y todo porque simplemente esta característica nos hace tener las emociones a flor de piel. Nos hace ver más allá cuando alguien nos dice “estoy bien” y darnos cuenta de que no es cierto. Nos hace sentir el sufrimiento ajeno como propio y rompernos la cabeza intentando encontrar una solución que repare el daño.

Hace unos años en Ginebra, me encontraba en una panadería que está en la Gare Cornavin (la estación de tren) y mientras esperaba a que me atendieran entró un hombre vagabundo en silla de ruedas, nunca me olvidaré de él, un hombre de unos 55 años, con pelo y barba largos de color “sal y pimienta” como dicen allí. Llevaba la ropa medio rota aunque iba abrigado porque era invierno. Entro a comprar el pan y después se marchó, con su barra de pan apoyada en sus rodillas y mi profunda y total compasión bajo el brazo. Me quedé suspendida en ese instante y los ojos se me llenaron de lágrimas. La persona que me acompañaba me miro con desdén y me dijo “no sé por qué te pones así, ni siquiera le conoces”.

Fue un momento difícil de tragar la verdad, me sentí fatal por aquel hombre sin casa, imaginándome como debía de ser su vida en aquella silla de ruedas, en esa soledad que yo intuía. Y a esos sentimientos me toco responder a mi acompañante con un hilillo de voz “no me pasa nada”.

En fin, es importante que nos demos cuenta de que es muy bueno ser capaces de conectar con los demás y de incluso emocionarnos sin sentirnos ridículos.

Los niños PAS son realmente especiales, con una belleza interna difícil de explicar pero que inunda de colores la vida de las personas que están a su cuidado. Y como adultos, somos personas que no necesitamos hacer un esfuerzo para conectar con los demás, sentimos la empatía como algo innato y acabamos dedicando nuestra vida tarde o temprano a hacer que otras personas se sientan mejor.

A mí, me ha costado entender que ser de esta manera no es un defecto sino un don, una característica maravillosa que me diferencia de muchas otras personas que tienen también otras características buenas. Y que como tal, debo utilizar esta “manera de ser” a mi favor y en favor de los demás.